Octavio es el hombre de mis sueños. Guapo, delgado, pulcro, trabajador, religioso, estudioso, nariz perfecta, no toma, no bebe, con los ojos negros más preciosos del universo.
Yo soy Alicia, ni fea ni bonita, flaca hasta escurrir, con el pelo de estropajo, ojerosa, con los dientes chuecos, media boba, pero creo que no tengo tan mal cuerpo después de todo.
Todos los días me la paso pensando en Octavio y paso por su local del mercado solo para saludarlo y soltar al aire un suspiro cuando dice mi nombre, ahhhh...
Pero Octavio no me quiere, me maltrata. Dentro de la imagen rosa que me fabriqué de él, nunca me dí cuenta de que era arrogante, petulante, engreido, mamón, alburero, burlón, mala leche y medio puñalón, además de tener estrias en los brazos, iug!
Yo suspiraba como una idiota por Octavio, no reparaba en sus burlas, en la forma en que me humillaba, le pasaba por alto todos sus desprecios, todos sus comentarios malintencionados, me reia cuando me albureaba y peor aún! Todavía me le quedaba viendo con esa cara de estúpida que ponen todas las niñas pendejas que se enamoran de un chico muy guapo, pero muy patán.
¡¡¡Te odio Octavio!!!! Pensé entre mí cuando salí corriendo un día del mercado a medio llorar, otra vez sus palabras me habían herido la poca autoestima que me quedaba.
-¡Alicia! ¿Verdad que tu no comes frutas ni verduras?
-De que hablas, yo si como frutas y verduras, Octavio.
-¿Entonces por que no comes camote ehhh?, ¡psicópata barata y manipuladora!
¡Ya era demasiado! Es decir, en otras ocasiones había dicho cosas iguales o peores, pero en el estado tan agobiado en que me encontraba, esa fué la gota que derramo el vaso.
"¡Eres un idota Octavio! ¡Un ímbecil, un pendejo, un cretino, un hijo de 20mil putas y me quedo corta!" Todo eso lo escribia con rabia entre las hojas con decenas de dibujos que hize de él en un pequeño cuaderno que se había convertido en la extensión de mi corazón en los últimos meses. "Eres un tarado de mierda y te odio ¡Púdrete Octavio!" Remataba con grandes letras rompiendo la hoja que le seguía a uno de sus retratos.
Cierto día, como toda buena pendeja, volví a buscar a Octavio. Era domingo y ¡Eureka! Justo dí con la iglesia a la que él va los domingos a sentirse muy saturrón el muy farsante.
Y ahí estaba, con suetercito de no rompo un plato, camisita de soy niño bueno, zapatitos boleados, ni un pelo fuera de su lugar. Todo el tiempo la cara de seriedad que tan bien ensayada tiene. Al salir, se sorprendió al verme y corrio a saludarme, me dió un abrazo, me dijo que tan contento estaba de verme, según.
-¿Que te pareció la misa? ¿Aburrida de seguro, no?- me preguntó Octavio.
La verdad no, francamente, ese día me había topado con uno de esos pocos pagresitos que dicen cosas coherentes...
Después me presentó a sus amigos del grupo de la iglesia, chicos muy simpaticos, que de haberlos conocido yo antes, seguro me preferirían más a mí. Eran finales de noviembre y me contaron que estaban haciendo una pastorela; y entonces, yo y mi lengua hicimos acto de presencia.
-¡Que bien!-dije- ¡si quieren yo les hago la escenografía!
Ouch! >.< Ni había acabado bien de mis compromisos cuando ya me había metido en otro. -.-
Así pues, pase algunas tardes tomando medidas, otras pintando; hasta que, en una tarde particularmente cansada, un hombre vino a dales a los chicos del grupo una plática bastante rimbonbante sobr el trabajo evangélico que iban a realizar con todo esto. Yo lo oia entre trazo y trazo, decía algunas cosas sensatas, como que Dios es más sencillo de lo que parece y cosas muy insensatas como que ser homosexual va contra la ley de Dios, igual y sí, pero yo pienso que los ama igual...
Pasó la plática, acabé mi trabajo, estaba exahusta, me senté en el piso. Octavio estaba a lado en una silla junto con el hombre de la plática; lo dos hablaban con el tonito mamón que caracteriza a los de su clase, chicos que creen saber mucho porque han leido más que él grueso de la humanidad doliente y pudiente.
Octavio me miró y me dijo:
-¿Que pasa Alicia? ¿Tienes miedo de que te empujen la carroceria?
Yo me quedé con cara de juath, luego me dijo:
-O mas bien tienes miedo de que te levanten el mofle sin que te des cuenta.
No entendía ni madres, pero por la señas, me figuraba algo muy desagradable. Miré al hombre de la plática, se hacía el que no oia, al final solo soltó una risita burlona. Yo me encabroné, puse la cara de perro e imaginé el asesinato de Octavio.
Estaba muy frustada, mi escenografía no había quedado como la había proyectado, Octavio seguía siendo un patán conmigo y además me dolía la espalda de haber estado toda la tarde pintando. Recogí mis cosas y me despedí.
...continuará
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